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Érase una vez un economista que, comiendo con un amigo en un restaurante, y reflexionando a tontas y a locas sobre la relación entre la recaudación tributaria y la presión impositiva, alcanzó a dibujar en una servilleta una teoría económica tan polémica como revolucionaria. El nombre de la teoría: “la curva de Laffer”. Y su enunciado: todo aumento de la presión fiscal incrementa la recaudación hasta un punto “t*” en el que, al aumentar la presión fiscal, la recaudación decae.
Esta teoría, en toda crisis económica o deaceleración que se precie, y siempre al albur del debate sobre la presencia del estado en la sociedad, renace. Y en el ciclo actual de crisis internacional, no iba a ser menos. Lo hace recogiendo las confusiones, simplificaciones y discursos que han surgido siempre a su alrededor; máxime teniendo en cuenta que su ideólogo, el economista Arthur Laffer, era un asesor del presidente republicano Ronald Reagan. Aquí queremos hacernos eco de los discursos más importantes:
1. Menos estado es positivo para la economía. En un contexto como aquel, donde aún estaba en pie el Muro de Berlín y la Unión Soviética (URSS), donde la socialdemocracia gobernaba europa, y la Guerra Frían aún ponía los pelos de punta a toda una generación, la teoría de Laffer demostraba que una menor presencia del Estado creaba empleo, riqueza y dinamizaba la economía.
2. Menos impuestos es positivo para la sociedad. La principal presencia del Estado en las sociedades democráticas era a través de la política tributaria. Mientras que, en las sociedades colectivistas de la época, la equivalencia entre Estado y Sociedad hacía difícil una distinción. En ambos tipos fundamentales de sociedad mismo discurso articuló y reunión la propuesta fiscal con el discurso neoliberal: el socialismo “roba” los bienes y “empobrece” a la sociedad, mientras que el liberalismo “protege” los bienes de cada cual (ganados según su valía) y “enriquece” a aquel que tiene el mérito y la capacidad suficiente como para, efectivamente, acumular bienes y beneficios.
3. Laffer en el siglo XXI. La crisis de discurso de la Izquierda, acentuada tras el fin de la Guerra Fría y la política de Bloques, ha permitido que aquel discurso, construido en el contexto de las décadas de 1970 y 1980, permeabilizase y alcanzase al conjunto de las sociedades contemporáneas. Actualmente, aquella mezcla de economía e ideología sigue plenamente vigente y es por ello, entre otros factores, que el mensaje electoral de “menos impuestos” sigue tanto asociado a una ideología concreta, como a una “verdad” concreta que, en 2009, poco tiene que ver con la década de 1970.
VIGENCIA DE LA TEORÍA DE LAFFER
A. La evolución de la presión fiscal en las sociedades occidentales ha ido disminuyendo de forma constante y progresiva. Nada que ver con aquel 100% de las sociedades totalitarias que era, como vimos, el punto de partida de Laffer. En España, según datos de 2007, la presión fiscal se sitúa en el 35,6% del PIB, mientras la media de la UE era entonces del 40,2%. Dentro de la UE, la cabeza la ostenta Suecia, con una presión fiscal del 50,2%, y a la cola, Eslovaquia (república ex-socialista) con el 29%. España está más cerca del vagón de cola que de la cabeza, en lo que a presión fiscal se refiere.
B. La opacidad del punto “t*” no es tanta cuando se parte de una presión fiscal del 100% pues, según la teoría de Laffer, la máxima presión provoca una mínima recaudación, una parálisis económica, falta de innovación y de desarrollo económico, etc. Pero, cuando manejamos cifras que se mueven sobre una media del 40,2%, ¿cómo localizar el punto “t*”?, ¿cuándo sabremos que hemos alcanzado el punto donde conseguir una máxima recaudación?
La respuesta es: no lo sabemos. La fórmula es tan primitiva con la de “prueba y error”. Sólo manejando el sistema tributario a través de la intuición, en las sociedades contemporáneas actuales, podremos saber si más presión fiscal implica una mayor recaudación o no. Ah, y una nota importante: cada sociedad tiene un punto “t*” distinto, relativizado con su distinto sistema fiscal, por lo que no hay un “porcentaje mágico” estándar ante el que se pueda dar el “alto”.
C. España 2009: ¿subir los impuestos o no? El debate actual sobre el modelo fiscal nos retrotrae a épocas pasadas. El socialismo democrático pide una subida. El liberalismo conservador clama por una rebaja. Visto desde una perspectiva amplia, estos discursos antagónicos pueden significar una vuelta al dogmatismo de antaño. Sin embargo, otra forma de verlo es a través del relativismo que supone el aplicar una teoría que ha alcanzado, después de 30 años de desarrollo democrático en España, su “margen de error” lógico. El punto “t*” español está muy cerca de sus cotas actuales e, independientemente de ideologías y dogmas, una subida o una bajada pueden marcar una diferencia substancial.
C.1. Argumentos para una subida: ¡hay que revitalizar a Keynes!. Si Keynes tenía razón, y en un ciclo de crisis económica la salida se enfoca antes con el estímulo de la demanda, y si es el Estado el más capacitado para conseguir ese estímulo, una mayor recaudación es el objetivo lógico de la política económica. Con más recursos, el Estado podrá desarrollar políticas más intensivas e incisivas, mejorará la transferencia de capital a las clases y grupos en peor situación, e incentivará el dinamismo de los grupos sociales y los sectores económicos más azotados por la desaceleración. Consecuencia: más dinamismo, recuperación más rápida, sostenimiento de la cohesión social.
C.2. Argumentos para una bajada: aún no hemos alcanzado el punto “t*”. Ergo: una disminución de la presión fiscal podría construir un “círculo virtuoso” por el cual el Estado aumentase su recaudación y, con el mayor dinamismo consiguiente, se acelerase la recuperación desde la base económica y con un menor coste para la sociedad civil. Los grupos más desfavorecidos contarían con más recursos para afrontar su situación de precariedad. Y los sectores económicos más castigados, contarían con más recursos para invertir e innovar, aumentando la competitividad.
D. La dinámica del ingreso público de 2008 dice que una menor recaudación, reducirá los ingresos. En 2008, la crisis económica ha tenido como consecuencia una reducción de los ingresos tributarios y, por primera vez, se ha reducido la presión fiscal en España desde el año 2000. Ergo: si una menor presión fiscal no ha aumentado los ingresos, quiere decir que el punto “t*” aún está por alcanzar y que, por tanto, aún hay margen para la subida de impuestos.
E. La decisión difícil es ¿qué impuestos subir y a quién sostendrá principalmente la subida? La ironía de esta crisis nos lleva a que un aumento a las clases altas daría pie a una deslocalización y pérdida de la competitividad. Mientras que un aumento a las clases bajas provocaría un aumento de la insolidaridad social y pondría en riesgo la progresividad y justicia del sistema tributario y de la convivencia social. Por eso, habitualmente, son las clases medias, con rentas entre 40.000 y 190.000 euros/año, las menos favorecidas en todas las rebajas.
El problema de España es que, por su estructura económica, esta clase social acoge a un heterogéneo conjunto de grupos sociolaborales, con sensibilidades más y menos altas a las modificaciones de la presión fiscal. El caso más claro es el de los autónomos. La reforma permanentemente pendiente de esta clase sociolaboral hace que trabajadores como los transportistas y los empresarios medios compartan grupo y cargas. Cuando su sensibilidad es notablemente distinta y las consecuencias, por tanto, más intensas para unos que para otros.
F. Entonces, ¿qué hacer en España? La lógica subida de impuestos debe ir acompañada de profundas reformas que tengan repercusión en la interpretación pública de esa nueva estructura económica. Ahora mismo, nuestro sistema tributario es un miope sin gafas que valora la estructura económica con unos parámetros e indicadores que no aprecian los cambios realizados, y que siguen viendo la realidad socioeconómica española con las mismas lentes que hace 30 años. El resultado es un impacto desequilibrado e irreal que, por desgracia, indice sobre la progresividad (reduciéndola) y la justicia (no teniéndola en cuenta).
Esta crisis económica era la oportunidad de la izquierda de destruir discursos dañinos, promover reformas valientes y dar pasos necesarios. Sin embargo, el mismo debate de hace casi 40 años se sigue reproduciendo, con escasas variantes, en nuestros días.
Laffer y su teoría, siendo acertadísima y necesaria entonces, necesita ahora de unos balances y contrapesos imprescindibles para que no vulnere lo que pretendía defender: los derechos y libertades individuales. Aumentar la presión por encima de lo deseable vulnera derechos y libertades, los liberales tienen razón. Pero también hay que recordar que dejar el punto “t*” atrás, disminuir la recaudación hasta el mínimo, también tiene ese mismo efecto.
Ahora es momento de afirmar que, entre quedarse cortos o pasarse, cuando se ronda el punto “t*” tan cerca como se ronda en 2009, y con la crisis a la vista, es mejor pasarse que quedarse cortos.





